
Borracha por el licor del cielo, el sueño me alcanzó tarde.
Y sin más, en el duermevela, dije un nombre.
Enferma de culpa te miré para comprobar si seguías dormido.
Tuve suerte. Siempre te ha costado escucharme.
Me tapé los ojos para encerrarle de nuevo y evité mostrar la resaca de mi boca.
Borré el rastro de mis lágrimas en nuestra almohada.
Y esta mañana, mientras el microondas hacía girar al café, daba vueltas la atolondrada idea de confesarte quién era.
Inspirado en un microrrelato de J. J. M.
2 comentarios:
me encanta
Sabía que te gustaría mardunio!
Un beso enorme desde los Madriles
Publicar un comentario