martes, 22 de enero de 2008


Eran las cinco de la madrugada y aún seguía despierto. Algo estremecía su pensamiento como si se tratara de niebla entumecida. Esa noche, las sábanas no eran buena compañía. El efluvio de la candela impregnaba todo el pasillo hasta llegar a los pies de su cama. El invierno, la lumbre, el tabaco mascado después de la cena… un manjar para su olfato.
José se incorporó -tambaleándose como un esqueleto sin huesos-. Encendió la luz de la mesilla y la de un cigarro negro. Se agachó arqueando la espalda sin inmutarse por los chasquidos que acompañaban su acecho y alcanzó entre titubeos –con aire flamenco, de villancico y panderetas- el orinal que le aguardaba con ansias de vacío. Ya de pie agarró con la otra mano su bastón y, lentamente, anduvo hasta el lavabo.
Llegó, carraspeó y abrió el grifo. Vació el bidé y, mientras esperaba notar el agua caliente entre sus dedos, miró al espejo. Entonces algo, o más bien, alguien le sobrecogió. Un hombre erguido, cuyas sienes blancas y arrugas confesaban haber vivido más de ochenta años, le observaba fijamente y de manera amenazante.
José no dio rienda al miedo. Siempre olvidaba echar el pestillo. Seguramente –parecía decirse creyendo acertar- el caballero oyó ruido y entró para sumarse a la fiesta del desvelo. Así que, recordando las costumbres con las que había sido educado, le ofreció a una taza de café.
El desconocido no contestó. Sorprendido por su ingratitud lo intentó de nuevo, esta vez, añadiendo al convite unas magdalenas por si la tentación del dulce pudiera cautivarle.
Tampoco respondió.
La tiritera y la mala educación le incomodaban sobremanera. Su gesto interpretaba sin esfuerzo que iba a escoger el camino más fácil, volver a la cama. Pero antes de hacer entrega de su más cordial despedida, sus párpados se paralizaron convirtiéndose en testigos directos de un confeti de virutas color ceniza cayendo de sus labios al suelo.
No sabía cuánto llevaba frente al espejo ni si había estado interrumpiendo el paso de aquel hombre mucho tiempo. El cigarro se había consumido por completo.
José rebelaba una agonía contenida. Petrificado y sin respiración, analizaba al invitado sorpresa de arriba a abajo: la misma altura aunque más difuso, una figura inmóvil perfectamente integrada en su ser sosteniendo una colilla chamuscada y amarillenta entre sus dientes... ¿¡Era él!?

Sintió volar hacia la habitación. Su mente simulaba aquellas carreras que antaño le permitían sus piernas. Sólo pensaba en despertar a su esposa. Pero el cuerpo fue más lento y el tiempo logró mejores zancadas.
Llegó y abrazó la jamba de la puerta. El corazón, como buen chivato, le advirtió de lo que ocurría: la cama vestía un febril silencio. Tan sólo cubría la nada más absoluta. Ella no estaba.
Él lo suponía.

- Feliz Aniversario y Feliz Navidad, querida- escuché mientras todo se quedaba a oscuras.

Las lágrimas me invadieron como el valor a las palabras. Dos puños se apoderaron de mi boca aplacando el llanto que imploraba salir de las entrañas. Llegué hasta su mesilla a tientas, agarré la manta por una esquina y, arropándole, susurré:

- Buenas noches abuelo. Mañana será otro día.

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Se pierde no buscando en la vida lo que no siempre se ve.

2 comentarios:

Juan dijo...

Jarita..siempre he sabido que tenías talento para las artes, lo que no sabía es que a eso le juntabas una sensibilidad digan de emocionar a cualquiera..Es una maravilla leerte y pintarte como lo haces..Besos

Juan

Jara Silberia dijo...

Juan... no tengo palabras... ya ves qué contradicción.... pero un "gracias" se queda muy corto.
¡Bienvenido!